Deadline
El fin del mundo en tiempo y forma - Luis Orozco*
Abril es por lo general uno de los meses mas soleados y tranquilos en la Ciudad de México. Sopla bastante viento que ayuda a disipar la habitual contaminación del aire, de modo que es posible contemplar las montañas y volcanes que rodean a la ciudad, además no llueve por lo que resulta una época perfecta para realizar eventos a la intemperie. Sin embargo abril de 2009 se convirtió por varios días en el escenario perfecto para representar el fin del mundo.
Tranquilo, iluminado y desolador. Uno supone que el final será distinto, el referente inmediato sólo lo imagino por el cine que echando mano de dispositivos como alienígenas o profecías ha estructurado en el inconsciente colectivo, sobre todo de occidente, una especie de antesala del fin del mundo.
En pocos días la amenaza de una epidemia convirtió la ciudad en un desierto. A partir de que el gobierno “sugiere” el cierre de escuelas y oficinas para evitar la propagación, la poca gente que circula por las calles usa un tapabocas probablemente obtenido de la mano de un miembro del ejército que por toda la ciudad cumplía con tan peculiar tarea. Desde luego las imágenes fueron dignas de una película. La megalópolis en pausa, con el ritmo totalmente trastornado y con música de fondo, las medidas higiénicas recomendadas, recitadas una y otra vez por todos los medios posibles. Por un par de semanas fuimos el pueblo con las manos más limpias.
También a lo largo de esas dos semanas México fue señalado en el mapa como foco de infección y la fuente de una nueva enfermedad letal, contagiosa y sin nombre. Resulta natural que la tranquilidad desaparezca al enfrentarnos a algo de lo cual no sabemos nada. Nuestro primer sistema de autoridad sobre el mundo consiste en poder nombrar las cosas, cuando las escandalosas especulaciones sobre el origen de la influenza porcina derivaron en medidas para su control, éstas incluyeron la nueva nomenclatura que por alguna razón nos tranquilizó un poco a todos.
Recuerdo una sensación parecida cuando hace algunos años fui testigo por televisión, como millones de personas alrededor del mundo, del ataque terrorista más difundido de la historia. Otro escenario perfecto para el fin del mundo, pero más explotado por el cine: la ciudad de Nueva York. Si el mundo se va a acabar debe empezar por ahí, por lo menos la imagen la tenemos muy clara, nos la han dejado muy clara.
En aquel momento pasó por mi cuerpo la extraña sensación de que, en efecto, podía estar contemplando lo que podría ser el principio del fin. También en aquella ocasión hizo falta identificar la fuente del mal y nombrarlo, para controlarlo de alguna manera.
Campo de Fuerzas de Pedro Gómez-Egaña se produjo en aquel contexto, emplazados en la Torre de los vientos1, escultura funcional del artista Uruguayo Gonzalo Fonseca y parte del proyecto Ruta de la Amistad en el sur de la Ciudad de México. Este espacio es utilizado para realizar intervenciones que por lo general son eventos puntuales de un día, debido en parte a que el acceso al lugar es limitado. La escultura se encuentra sobre un terreno triangular a un costado de la vía rápida más importante de la ciudad. La obra de Pedro formaba parte de una serie de intervenciones programadas a propósito del 40 aniversario de la Ruta. Con ese principio Pedro comenzó el proceso que llevaría a la realización del performance Campo de Fuerzas.
Como es común hoy en día, el proceso previo se llevó a cabo a distancia y sin que Pedro conociera el espacio o la ciudad misma. Una de las cosas que más me interesó fue la forma en la que él compuso la obra -lo digo en el sentido más amplio de la palabra- llevando a la plástica, a un terreno escultórico, los elementos y parámetros que utiliza como compositor. Cabe mencionar que Pedro compaginó su carrera de músico con la de artista visual, sobre todo en sus inicios.
Considero como artista y curador que la pieza se compone de todo aquello que la hizo posible, desde la comunicación inicial hasta los recorridos hechos a través de la ciudad buscando materiales, teniendo siempre como eje la Torre de los Vientos.
Pedro propuso una obra que convirtió a la torre en una diana, impactada en su centro por un cohete que habría de desaparecer lentamente en su interior. Curiosamente la torre, que vista de planta podría formalmente ser aquello que Pedro dispuso en su pieza, se convirtió entonces en el destino de un dardo inofensivo que en aquel momento aparentó tranquilizar a la enorme cuidad enferma de miedo y paranoia.
Es curiosa la serie de asociaciones que se pueden hacer en torno a la pieza. Como ya he dicho, estoy convencido de que una acción viva como Campo de Fuerzas integra en su estructura a todo aquello que la rodea tanto en el tiempo real de su ejecución como en su contexto, el cual para mí, y seguramente para Pedro también, fue determinante. No puedo evitar asociar el paisaje que circunda a la torre, un pedregal poblado de vegetación endémica que crece entre la roca volcánica, resultado de una serie de erupciones del Xitle2, con un hecho significativo ocurrido también hace 40 años: la llegada del hombre a la luna. La Torre de los Vientos en este contexto me parecía un observatorio primitivo en medio de un paisaje lunar, similar a las imágenes, materia del trabajo de muchos artistas como Smithson, Long o Heizer que décadas atrás proponían conexiones entre accidentes controlados y monumentos neolíticos.
La década de los 60 fue, entre otras cosas, una época en la que se reivindican las relaciones del hombre moderno con el primitivo tanto a través de la antropología como del arte. El concepto de “progreso” pasó a formar parte de un esquema cíclico representado por muchos creadores que utilizaron el paisaje, ya fuera a partir de modificaciones mínimas registradas en video y fotografías o bien, llevando a cabo grandes proyectos efímeros que pretendían equipararse con monumentos prehistóricos poco analizados y que por lo tanto conservaron hasta ese momento una carga significativa de misterio, capitalizado por estos artistas como valor agregado de sus propias obras.
Vivimos hoy una etapa distinta del ciclo, en la que nuevamente valoramos los vestigios y a su vez los documentos de un pasado reciente donde la nostalgia y la ruina se convierten en los nuevos monumentos. El tiempo corre mas deprisa y el afán revisionista no llega lejos en la línea del tiempo, este fin del mundo se conecta con uno anterior inmediato, gran parte de la producción de arte actual de alguna manera sigue afectada por el destape de conciencia global sufrido a partir de la caída de las Bombas del 45 en Japón convertido hoy en un recuerdo que se vende como, en su momento, los fragmentos del muro de Berlín se volvieron souvenirs. Las piedras hablan hoy un lenguaje distinto, el misterio de los monolitos primitivos está siendo sustituido por simulacros de desastre, por escombros.
Habiendo recuperado tanto el contexto inmediato como los posibles antecedentes históricos del emplazamiento, me centraré en lo que fue para mí Campo de Fuerzas y en general el proceso que Pedro inició en México.
El tiempo es sin duda el elemento más importante en la obra de Pedro, el tiempo real y lineal, el contexto inmediato de la acción y el lugar entablaron un diálogo por demás interesante.
Durante la etapa de comunicación a distancia, recibí una serie de dibujos que ilustraban de forma muy clara el desarrollo de la acción y dejaban ver los elementos involucrados en la misma: un cohete de papel, un árbol y un hilo conductor. El juego entre los elementos y sus dimensiones me recordó los cuentos para niños, éstos están siempre estructurados de manera muy clara y esquemática, ilustrativa y atractiva, fácil de recordar. Así fue el planteamiento inicial y así fue la acción.
De alguna manera la idea del viaje que el mismo Pedro realizó, la forma en la que aquel cohete llegaría a su destino final, la música de fondo (el Vía Crucis de Liszt tocado al revés) y la transformación de estos elementos, afectados en su dimensión y por ende en la forma de percibirlos, también suponía relacionar lo macro y lo micro, asumir que el mundo es pequeño porque estábamos ahí reunidos venidos de distintos puntos, porque nuestros planes se hacían realidad y porque el cohete estaba ahí, a 100 metros de la torre, tumbado sobre el terreno por el cual sería arrastrado por un hilo rojo, que para la hora en la que la acción se llevó a cabo era invisible; la desaparición tanto del motor que movía al cohete (el propio Pedro) y el hilo, le otorgó vida propia para que de forma lenta y angustiante avanzara hacia la torre, su destino final y lugar de transformación.
Campo de Fuerzas de alguna forma se parecía al juego que todos jugamos cuando tenemos cerca un globo terráqueo y le hacemos girar, para luego señalar con el dedo un punto al azar e imaginarnos un viaje que comienza al recitar en voz alta el nombre del sitio señalado.
El mismo día de la acción comenzó el cerco sanitario en la ciudad, muchos eventos públicos, incluidos conciertos, cine y otras exposiciones se cancelaron. Fuimos “valientes” al continuar a pesar de las recomendaciones para dejar de lado todo y retirarnos. Conforme pasaban las horas cada vez se escuchaban menos automóviles, que habían sido la constante alrededor, el cielo se oscureció y comenzó a llover y a soplar un viento fuerte; dado el contexto enrarecido todo nos parecía una señal para continuar o bien abandonar. Sin embargo, minutos antes de iniciar el último viaje hacia la torre, la lluvia cesó y el viento dejó de soplar. Con poca gente y poca luz, el cohete arrancó su lento camino seguido por una luminaria y acompañado por la música que emanaba desde el interior de la torre. Como moviéndose apenas, en unos minutos esta flecha de papel desapareció en la sombra que para ese entonces dibujaba la torre. Más que agonía aquello representó esperanza, todo lo que pasaba alrededor hizo que aquella simple y extravagante acción se abriera camino entre el terreno rocoso y el evidente absurdo de la realidad que nos cercaba.
Para terminar hubo que dar fe de la desaparición de la nave, de su regreso o despegue al interior de un espacio blanco e iluminado por dentro que seguía inundado por la música y por la imagen de un árbol enmarañado en miniatura al que un hilo rojo atado de una rama conectaba con una réplica mínima de la nave suspendida en un rincón, al que apuntaba soportado firmemente por la acción de un campo de fuerzas magnéticas.
Pareciera que un proceso que aparentemente estuvo tan ligado a su contexto no se podría duplicar. Una de las características de las acciones de Pedro es tal vez esta negación a repetirse, sin embargo el juego reiniciado, aquel del globo terráqueo dando vueltas, nos ubica ahora en un lugar diferente y en un nuevo proceso pero con un principio similar a Campo de Fuerzas, el señalamiento, la tensión física de los elementos y simbólica de los soportes. El principio nostalgia y ruina es un motor que se recarga al reubicarlo, vuelve y genera cosas con las reglas simples de quien se planta frente a un muro cualquiera en una ciudad nueva y se pregunta sobre su historia. La obra se debe a la constante interrogante de un artista que viaja, vive de sus dudas y del camino que recorre para plantear soluciones.
Las preguntas que expone una obra semejante, brindan esperanza, porque al final la reflexión implica reconocerse uno mismo en el otro. Como personas y como artistas, al trabajar de esta forma en la producción de un arte que le pertenece a su tiempo y su espacio inmediatos nos vuelve cronistas de un mundo que olvida fácilmente.
Los que fuimos testigos de Campo de Fuerzas pudimos intuir por unos minutos que el fin del mundo podría suponer simple y sencillamente un nuevo principio.
Luis A. Orozco
Ciudad de México, octubre de 2009.
* Luis es curador de "Rutas y Máquinas" y del MUCA Roma en Ciudad de Mexico